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Jovenes Liberales

Hacia una red de jóvenes liberales de América Latina

“Estos tiempos no son para acostarse con pañuelos a la cabeza, sino con las armas de almohadas, como los varones de Juan Castellano: las armas del juicio que vencen a las otras. Trincheras de ideas, valen más que trincheras de piedra”

José Marti.

En los albores de la última década del siglo XX, en plena eclosión de la URSS, el socialismo se convertía en una ciencia mortuoria y los socialistas en un medico de la morgue que pinchaba indiferente una tarjeta de identificación sobre carne muerta. Sin embargo, era fácil comprobar que las grandes vedettes de la izquierda —artistas, escritores, periodistas, profesores, científicos— así como sus ideas, disecadas químicamente, seguían gozando de buena salud. No eran meras apariencias evaporadas ante el foco potente del derrumbe de un Sistema. Tenían tanta realidad, tanto peso, tanta eficacia como las estructuras que los sustentaban.

Estaban ahí, había que mirarlos a la cara como se mira a los vivos y no a los muertos, había que decidirse a hablar con ellos y a responderles, había que saber entrar en la discusión, afrontar la lucha ideológica con los medios adecuados, con las armas de la teoría. Nada de eso se hizo, y la consecuencia es una primera década del siglo XXI que mirada a la distancia nos revela una atmosfera estancada y muerta.

En la actualidad, en el caótico paisaje político social que nos desvela, parecen ganar terreno la inconformidad y la desesperanza ante un destino social que se percibe como inevitable. La tradición liberal ha sido, desde sus lejanos inicios, una fuerte toma de partido, un impulso crítico y una profunda interrogación respecto de las condiciones de su propia época. Retomar esta tradición pérdida, revalorizar y reasumir nuestra función histórica, implica, entre otras cosas, mirar, analizar y pensar los territorios juveniles, sus formas organizativas, aquellos espacios en donde los jóvenes —muchos y diversos— despliegan estrategias, producen diversos experimentos, sufren la exclusión y generan opciones.

Esta exigencia proviene de la profunda necesidad de renovar los interlocutores de nuestras ideas, para contrarrestar un discurso oficial banal, paupérrimo, casi del orden de lo vacío y sin sentido, pero altamente efectivo y que ha conducido a Latinoamérica a esta situación espectral.

Una política de encuentro con América latina con intencionalidad efectiva es necesaria entre los liberales. Para ello debemos sentir que América latina no es simplemente un destino literario ni una tragedia sureña, sino una experiencia de construcción política, cultural y económica. Lo que Hans Freyer denominaba “ámbito de destino”. Sentir que nos abordan problemas y dilemas en común. Parafraseando a Jorge Basadre, el gran historiador peruano, debemos mirar a América Latina como problema, pero también como oportunidad.

Una política de encuentro implica a su vez una actitud de compromiso, de acción. Los jóvenes no somos el futuro sino el presente actuante, su potencia de cambio. El deber moral de un joven político liberal es trabajar para que la sociedad cuente con mayores espacios de libertad. Cumplir ese imperativo implica necesariamente la acción política. No hay pues posiciones contemplativas ni pasivas, el hombre es responsable hasta de lo que no hace: todo silencio es una voz, toda prescindencia es también elección. Manuel González Prada en su discurso del Politeama en 1888 proclamaba: “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”.

Junto a Alberto Benegas Lynch (h)

Junto a Alberto Benegas Lynch (h)

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