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Plaza Mayor, Lima

Encuentro con la obra de Jorge Basadre

En los 60 y 70 del siglo 19, Chile y Perú   —y sobre todo Chile— eran las naciones que habían alcanzado el mayor grado de desarrollo institucional y económico de la región. Habían producido personajes portentosos, de conductas extremas: pienso en Arturo Prat y Carrera Pinto, en Grau y Bolognesi. Su historia, por lo tanto, iba a ser narrada por figuras prominentes de distintas generaciones: pienso en Barros Arana, en Basadre.

¿Se trata siempre de obras físicamente monumentales?

La Historia general de Chile de Barros Arana  tiene 16 tomos. Mientras la escribía, el venezolano Andrés Bello le aconsejó: “Escriba, joven, sin miedo, que en Chile nadie lee”.  Pienso en la Historia de Chile de Francisco Antonio Encina, de 11.000 páginas,  considerada el esfuerzo individual más grande en la historiografía americana. Y hablar de Encina me recuerda una anécdota con el historiador chileno Claudio Véliz durante la Mont Pelerin Society 2011 en Buenos Aires. En un intercambio sobre historia chilena, nos confesamos:

—En 1891 yo hubiese estado con la armada —le dije.

— Yo también, pero no lo digo muy fuerte porque mi esposa es descendiente de Balmaceda —con sorna— ¡Hay que leer a Encina!

Y nunca lo leí. En mis visitas a Santiago no pude encontrar su obra disponible en venta. Me propuse entonces que no me sucediera lo mismo con la igualmente monumental obra de Basadre.

Arribé a Lima con la firme convicción de adquirir Historia de la República del Perú, y con la no menos firme convicción de que algo me olvidaba en Tucumán: en efecto, producto de mi costumbre de ordenar la maleta a último momento, me había dejado en el departamento el libro Cuadernos de Juan José Sebreli, autografiado y dedicado especialmente por el autor a Mario Vargas Llosa. Planeaba entregárselo en el marco de una conferencia en la Universidad de Lima. Se diluía así mi única posibilidad de mantener una conversación superior a 5 segundos con el premio Nobel de literatura.

Decidí alojarme en el casco histórico limeño, pasando por alto las advertencias que me habían hecho sobre la peligrosidad de la zona al anochecer. Para mi decepción, casi no había librerías y solo se destacaba una, El Virrey, a escasos metros de la Plaza Mayor. La atendía el historiador y librero arequipeño Alberto Salinas Arispe, con quien no tardé en tener un intercambio solazado:

— ¿A usted, argentino, por qué le interesa tanto la historia del Perú?

—Por las peruanas.

Allí estaba, él la tenia, la monumental obra de Jorge Basadre, en una edición dividida en 11 tomos que reposaba solemne en una de las vitrinas.

Hace poco anduvo por aquí el ex presidente de Bolivia, Carlos Mesa, me dijo. Claro, es historiador, pensé. Y el intercambio continuó. Hasta que lo invité a cenar. Comida peruana, desde luego. Conozco un lugar, bueno y barato, me dijo. Y caminamos por la noche limeña, con los 11 tomos a cuesta, y nos adentramos en un bar, que imaginé parecido a la Catedral, pero más aseado y menos concurrido. La mesa sujetada a la silla por una cadena, confirmaba las advertencias sobre los peligros de la zona. Una comida de sabor inolvidable, cuyo nombre olvidé, acompañó el encuentro.

Recuerdo que la noche anterior, Enrique Ghersi me había comentado que hacía pocas semanas había fallecido el hijo de Basadre. Un año después, en un bar pegado al Museo Sarmiento, en Buenos Aires, me reuní con Luis Alberto Romero, a quien pregunté por Basadre. Claro, José Guillermo, me dijo, era amigo de mi padre. Le conté: Basadre tenía un hijo, historiador como usted, Luis Alberto. Pensé: dos grandes historiadores, hijos de dos grandes historiadores. Qué pena que nunca se conocieron.

En mi regreso a Santiago, desde Lima, tuve que despachar sólo una parte de los tomos de Basadre, y llevar conmigo el resto, para evitar pagar exceso de equipaje. Durante el vuelo, elegí comenzar con el tomo sexto, donde Basadre aborda el cuarto periodo, la Guerra con Chile (1879- 1883). Lejos de encontrar una visión chauvinista y parcial —muy usual en la historiografía de los países involucrados en el conflicto— me sorprendió un relato que además de equilibrado se destaca por lo ameno, claro y profundo.  Avanza de manera pausada sobre los ejes centrales del conflicto —haciendo uso de variadas fuentes: chilenas, bolivianas y peruana—y explora, de modo atrapante, los principales interrogantes que desvelaron a generaciones de historiadores y curiosos. Me detuve en algunos de ellos, y comprobé que Basadre nada deja librado al azar: todo es analizado, todo es contrastado.

¿Por qué el Perú firmó el tratado secreto defensivo con Bolivia en 1873? Este hecho —que visiblemente lleva al Perú a una guerra que no era propia— tiene un entramado complejo, de antecedentes históricos, de escenarios posibles y de intrigas diplomáticas.

Hasta la firma del tratado secreto, Basadre consigna tres momentos en la vida política internacional del Perú. El primero, al que califica como el “de la determinación nacional” (1825 – 1842), se caracteriza por un esfuerzo por parte del naciente Estado peruano de amenguar la influencia  colombiana, primero (campaña de 1828 y guerra de 1829) y la influencia boliviana, después (Guerra de la Confederación entre 1836 y 1839, y la guerra con Bolivia entre 1841 y 1842).

El segundo periodo  —al que Basadre pretenciosamente llama “de apogeo y de predominio peruano  en el Océano Pacifico” (1843 y 1866) — la vida internacional del Perú se inspira en una  tendencia a usar su relativo poderío al servicio de una  política de romanticismo internacional. Prueba de ello son: la organización del Primer Congreso Americano en Lima en 1847; los dos Tratados de Unión Continental en 1856; la Misión Gálvez para procurar la unión centroamericana; el Segundo Congreso Americano en Lima en 1864; la guerra con España en 1866; la protesta del canciller peruano Toribio Pacheco durante la guerra de la “triple Alianza”; la ayuda a la independencia de Cuba.

La firma del tratado secreto se inscribe en un tercer momento de la vida política peruana, singularizado por un juego de alianzas y de búsqueda de equilibrio continental. De los múltiples motivos que determinan este acuerdo —y su posterior desenlace en un conflicto armado— hay uno que subyace en la mentalidad diplomática de entonces: el temor a que Bolivia, embotellada, se fuera contra el Perú: de no efectuarse la alianza peruano-boliviana, podía producirse, a corto plazo, la alianza chileno- boliviana, particularmente peligrosa para la costa sur del Perú.

Basadre nos invita a examinar la historia boliviana para demostrar cuán justificado era este temor. Los dirigentes de ese país soñaron siempre en anexionar los territorios de Tacna y el puerto de Arica, salida natural de Bolivia al Pacifico. A modo de ejemplo puede citarse el  Tratado Ortiz de Zeballo- Ureullu de 1826; las cartas entre Andrés de Santa Cruz y Mariano Enrique Calvo en 1838; los planes del presidente boliviano José Ballivián, y de su ministro Tomas Frías en octubre de 1845, junto a su pedido de ayuda a Inglaterra para obtener Arica. Basadre cita la obra del novelista y diplomático chileno Luis Orrego Luco, Los problemas internacionales de Chile, la cuestión boliviana, en donde revela una propuesta boliviana a Chile —a través de su ministro en Santiago, Joaquín Aguirre— de un arreglo limítrofe que  contempla la celebración de un Congreso Internacional en donde iba a acordarse la entrega de Tacna y Arica a Bolivia.

Basadre se detiene en el tratado de 1866. Allí deja en evidencia la gran influencia que Aniceto Vergara Albano (Ministro Plenipotenciario de Chile en Bolivia entre 1867 y 1870) tenía sobre el presidente boliviano, Mariano Melgarejo.  Consigna además una interesante nota de Mariano Donato Muñoz, canciller boliviano de entonces, donde revela la propuesta del ministro Vergara Albano, consistente en una cesión por parte de Bolivia a Chile de todo su litoral, a cambio de la promesa firme por parte de este último, de apoyar a Bolivia en la ocupación de litoral peruano, teniendo en cuenta —según afirma la nota— que la única salida natural de Bolivia al Pacifico es por el Puerto de Arica. Al caer Melgarejo, esta propuesta sobrevive con otros interlocutores. Aquí Basadre cita la obra del escritor boliviano Ignacio Prudencio Bustillo, La misión Bustillo. Más antecedentes de la guerra del Pacifico.

Los factores de orden interno no escapan al examen de Basadre.  Desarrolla el importante rol de la prensa limeña en la creación de un clima de opinión favorable al tratado secreto, y hasta se anima a sospechar que el especial interés del gobierno peruano en aliarse con Bolivia, responde, también, a la necesidad de disipar la posibilidad de que este país sirva de base de operaciones para las intentonas subversivas de Nicolás de Piérola.

 

En lo mejor del relato,  el anuncio por megafonía de pronto arribo a Santiago interrumpió mi lectura.  Se me solicitó colocar mi asiento en vertical. Miré, eran las 3 de la mañana. Pensé, preocupado: ¿Cuánto costará el taxi hasta el hotel?

Junto al historiador arequipeño Alberto Salinas Arispe

Junto al historiador arequipeño Alberto Salinas Arispe

Plato peruano

Plato peruano

Libreria El Virrey

Libreria El Virrey

Biblioteca y Archivo Histórico de la Municipalidad Metropolitana de Lima

Biblioteca y Archivo Histórico de la Municipalidad Metropolitana de Lima

Los 11 Tomos de Basadre en mi biblioteca en TucumánLos 11 Tomos de Basadre en mi biblioteca en Tucumán

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